Amalia·Historias

Amalia: ¡pobrecita la niña!

Esta frase la hemos oído tantas veces en estos tres años…

Lamentablemente, en nuestra ciudad, tenemos como costumbre el premiar a los niños con dulces. Por ejemplo, si un niño tiene un buen comportamiento en donde el médico el premio es un dulce, en los mercados, en los bancos y demás establecimientos públicos suelen tener dulces para “premiar” a los niños. Antes no lo había notado, es más, antes Amalia los recibía y no se los comía. A Amalia le encantan las frutas, verduras, carnes, lácteos, come de todo en general, y los dulces y la comida “chatarra” no eran su debilidad afortunadamente.

Después de su diagnóstico, una de nuestras primeras salidas juntas fue a un supermercado de nuestra ciudad. Caminábamos por uno de los pasillos cuando se nos acercó una señora mayor a ofrecernos un dulce como regalo del supermercado para Amalia.

La señora se presentó como la mamá del dueño del mercado y le extendió el dulce a Amalia. Estábamos muy novatas con la diabetes, no habíamos enfrentado una situación en donde a Amalia se le ofreciera dulce, me asusté, y solo quería que esa señora se desapareciera del planeta, estaba poniendo a prueba a Amalia y por ende a la preparación que le estábamos dando.

Sin embargo, Amalia sin titubear le contestó: no señora, gracias ¡Yo no como dulces! Sentí un fresco y una felicidad absoluta, mi sonrisa creció de oreja a oreja y creo que la felicidad me brotaba por los poros.

Sin embargo la felicidad no duró mucho. La señora se voltea hacia mí, me mira feo, y me dice: señora ¿por qué no deja que la niña coma dulce? Es una niña ¡déjela comerlos!

¿Qué tal? Yo cogí a Amalia de la mano y con mucha valentía le contesté: la niña no come dulces porque tiene diabetes. La señora, que no se esperaba esa respuesta de mi parte me responde: ¡ay, pobrecita la niña! y la mira a ella con una cara de lástima… fue ahí en donde se acabó mi felicidad, me derrumbó.

Amalia me pregunta: mamá ¿la señora por qué dice que pobrecita yo? (¿qué tal la pregunta?) y sin importarme la señora, me agaché, la cogí de las dos manitos y le contesté: Ama, porque la señora es una ignorante y no sabe lo que es la diabetes.

Amalia se sonrió, me mató el ojo, yo me tranquilicé, la abracé, me paré, le sonreí a la señora y seguí mi camino de la mano de Amalia. Nuevamente la felicidad volvió a mí, no importaba nada más, Amalia se sintió acompañada, se sintió grande al saber que tenía más conocimiento que una señora mayor.

Muchas veces le he dado vueltas a esa situación. Tal vez fui muy grosera con la señora que sólo quería ser amable con nosotros, quería darnos un detalle, ella no tenía por qué saber de la diabetes.

Este no ha sido el único caso en donde la reacción de las personas, al enterarse que Amalia tiene diabetes, es de responder: ¡pobrecita la niña! mi respuesta ahora ya no es tan apasionada, sé que las personas no tienen la misma información que tenemos nosotros, y simplemente sonrío y no dejo que me afecte, estoy blindada y lo mismo pasa ahora generalmente con Amalia.

 

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Invito a una reflexión: a veces es mejor no opinar ante las situaciones que desconocemos. Amalia no es una pobrecita, es una luchadora, su diabetes le ha traído muchos aprendizajes y enseñanzas ¿y saben qué? Aunque no lo creamos Amalia es orgullosa de vivir con diabetes, en varias ocasiones nos ha manifestado que le gusta vivir con diabetes, que se siente diferente, y que es muy consciente de su condición y que sabe que es ¡una persona especial! ¿Pueden creer eso?

Nosotros esperamos la cura de la diabetes, pero por ahora la diabetes es parte de nuestra rutina, de nuestra familia y de nuestras vidas, tanto que Agustín, a sus escasos tres años pregunta que cuándo va a llegar su bomba de insulina, y se ha enojado cuando le explicamos que ¡él no tiene diabetes!

Otra cosa, ahora que conocemos más la diabetes y su manejo, Amalia come como cualquier otro niño. Simplemente contamos carbohidratos, ponemos insulina y monitoreamos su glicemia. Eso sí, la diabetes la ha vuelto más selectiva, generalmente evita los excesos y es mas consciente de su autocuidado.

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¿Amalia, pobrecita? ¡nunca!

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