Amalia · Educativo · Historias · Sentimientos

Aprendiendo gracias a la diabetes

Mi nombre es Pablo, tengo 32 años y soy el tío y padrino de Amalia. En mi familia hay tendencia a ser más bien acuerpados, y siempre he tratado de cuidarme con la comida y hacer ejercicio para ser saludable. 

Cuando era más chiquita, Amy había vivido un tiempo en mi casa, y nos volvimos muy buenos amigos y cómplices. Aunque el diagnóstico de Amy fue un momento familiar muy difícil, para mí era un alivio saber por fin qué era lo que le estaba pasando, yo había estudiado unos semestres de medicina y tenía conocimiento de la Diabetes,diferenciando la tipo I, y  sabía que con un manejo adecuado puede tener una vida normal. 

Teniendo esta nueva regla de juego, empecé a volverme consciente de lo mal acostumbrados que estamos socialmente, la gran mayoría de detalles (de demostraciones de afecto), son comida. Y no porque Amy no pudiera comer nada, pues mientras sepa cuántos carbohidratos tiene (o se los calcule) puede comer prácticamente lo que sea. 

Pero empecé a estar más atento de esto. Antes se regalaban flores, o se escribían cartas, ahora es una chocolatina o algún dulce. Y uno o dos están bien, pero se nos empieza a volver costumbre y terminamos con una adicción latente que nos va haciendo más mal que bien a mediano y largo plazo. Y va más allá. Al reunirse en la casa de algún amigo, o visitar a alguien en la clínica, llevamos comida (harinas o dulces), que nos hacen quedar bien y no implican grandes inversiones o esfuerzos en la elección. 

Una de las cosas que he aprendido con Amy, es que los detalles no tienen que ser comida o costosos. Ella goza desde un sticker hasta un castillo de Lego. Más que el detalle es la experiencia asociada, el momento especial que se cree alrededor del regalo. Mi mamá les enseñó (A Amy y a su hermanito Agus) a hacer masa de harina, sal y agua. Básico. Y no se alcanzan a imaginar cómo gozan, lo que se les ocurre, y las horas que se entretienen sin una pantalla o algún otro estímulo. 

La comida, como los juguetes, debe ser para favorecer el desarrollo de los niños, más que para sobre-estimularlos momentáneamente. 

Ahora, miramos orgullos a Amalia cuando, en una piñata, dice que no quiere torta porque está muy dulce, o prefiere agua porque es más simple. Y no porque no pueda comer, sino por decisión personal, pues ella se ha vuelto, y nos ha vuelto, más consciente de la cantidad de azúcar en algunos alimentos y lo innecesaria (más que nociva) que se vuelve dentro de la dieta cotidiana.

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Pero de vez en cuando, seguimos disfrutando un helado, un paleta o unos chicles, porque mientras puedan, los niños serán niños…

 

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