Clemente · Historias

Parte 2: ¿Qué le pasa a mi hijo Clemente?

La ambulancia llegó a recogernos en el Hospital alrededor de las 6:00 pm, el viaje fue bastante abrumador entre el mareo que genera el encierro de la ambulancia, la bulla de la sirena, uno adentro como gelatina de un lado a otro y Clemente diciendo que prendieran otra vez la sirena; y verlo tan indefenso no soy capaz de explicarles el sentimiento tan profundo que tenía en ese momento.

No sé a qué hora llegamos al Hospital Pablo Tobón Uribe, solo sé que estaba de noche. Los camilleros nos estaban esperando afuera. Lo recibieron y lo entraron más rápido de lo que yo podía caminar, sólo dejaban entrar a una persona. Recuerdo la cara de angustia de mi esposo mientras las puertas se cerraban al nosotros pasar.

Era primera vez que iba a ese Hospital, no sabía con qué me iba a encontrar. El impacto visual fue fuerte al ver tanta gente, tantos heridos, tanta sangre pero el impacto no fue solo mío sino de Clemente, en ese momento fue que empezó a cuestionar que tengo? ¿por qué estoy acá? ¿qué me van a hacer? Mamá: tengo miedo.

Por protocolo del Hospital tocaba realizarle exámenes de sangre nuevamente, canalizar una nueva vena.

Yo muy ilusa, pregunté, después de una eternidad de tiempo que llevábamos en la mitad de un pasillo, aguantando frío, y Clemente desesperado por comer algo pero no lo dejaban, que en qué momento nos iban a pasar a pieza, inmediatamente me bajan de la nube y me dicen que yo sólo iba para pieza al otro día que tenía que pasar la noche en urgencias y que por llegar recomendados me iban a dejar entrar a otro acompañante.

Era de noche pero parecían las 12:00 del día por la cantidad de luces y bulla, tiritábamos de frío, ninguno estaba preparado para eso y el espacio era tan pequeño que, cuando mi esposo y yo decidimos sentarnos en el piso, después de que finalmente a Clemente lo venciera el llanto por comer, no cabíamos sentados uno junto al otro, él me tuvo que cargar y lo único que salía de nosotros eran lágrimas de dolor, de angustia, de un miedo terrible pero sobretodo de incertidumbre.

Finalmente a nosotros también nos venció el cansancio y nos quedamos dormidos pero esa paz no duró mucho, recuerden que estábamos en urgencias y en ese momento fue cuando entró un herido de bala de 8 años que necesitaba cirugía urgente, los gritos, el corre, corre de la gente nos despertó.

Fue en ese momento cuando más agradecí que, aunque estábamos en una situación dura, la vida nos ponía otras más difíciles a los lados, mi hijo estaba vivo y a pesar de estar en cifras de coma, de daño cerebral, estaba lúcido, estaba VIVO.


Finalmente la noche terminó, entre el frio, el dolor en la nalga, la ropa sucia, la sangre, los dientes sucios, el hambre y un dolor en el alma indescriptible, ver a ese angelito mío acostado en esa camilla ya con mejor semblante, ojos brillantes y una sonrisa de alegría, al ver a su papá y a su mamá, era el motivo para luchar, para aguantar, para poder porque ese niño merecía vivir y tener una segunda oportunidad.

Ya habían pasado 24 horas de todo este golpe, Clemente no había probado nada de comer ni beber y nosotros mucho menos. Finalmente la enfermera entró y dijo: ya viene el desayuno, debemos hacerle chequeo y le tienen que poner insulina. Mi esposo y yo nos miramos, sólo dijimos: bueno; pero no teníamos ni idea de qué hacer, entonces esperamos a que regresara nuevamente y sólo observamos que le hicieran el chequeo para poder comer.

Ver su cara, su reacción de su primer chequeo fue algo abrumador, el lloró y sólo decía que le quedó doliendo su dedito. Se comió el desayuno con unas ganas impresionante, pero la alegría duró poco por que al terminar había que inyectarlo, yo no tenía ni idea, mi esposo menos entonces tuvo que hacerlo la enfermera. Si el llanto del chequeo duró 10 minutos, el llanto de la inyectada duró el triple y nuevamente empezaron las preguntas y nosotros aún no sabíamos que responderle o como explicarle, porque creo que ni nosotros mismos entendíamos.

Finalmente decidimos medio bañarnos en un lavamos y limpiar a Clemente con pañitos húmedos. Estuvimos en urgencias hasta las 3:00 de la tarde, finalmente nos dieron una habitación. La buena noticia era que milagrosamente los niveles de azúcar en el cuerpo de Clemente habían disminuido y no requería estar en cuidados intensivos.

La endocrinóloga, la educadora, la sicóloga y la nutricionista nos reunieron a mi esposo y a mí a explicarnos que tenía Clemente, porque lo tenía, de que se trataba y que íbamos a hacer, pero sí les soy sincera no entendíamos nada, era como bulla todo lo que decían, nosotros estábamos en modo silencio y tristeza profunda.

Hasta que como toda mamá y papá hacen, llegaron mis papás al rescate, nos obligaron a bañar, a comer, a lavarnos los dientes e irnos del hospital para respirar, desahogarnos y pensar. En realidad lo necesitábamos, en ese momento, ni el mundo, ni la gente existía para nosotros, éramos mi esposo y yo unidos por un dolor, un sentimiento que sólo un padre sabe lo que realmente significa, yo me desmoroné por completo todas las lágrimas que contuve, la fuerza que mostré tener era fingida y no pude más, no entendía el por qué, cuestionaba todo, me llené de rabia, de miedo, de impotencia y sólo quería que todo lo tuviera yo, que él no sintiera nada. Era un niño indefenso, no merecía nada de lo que le estaba pasando. Pero allí estaba mi esposo, en su silencio profundo que lo único que decía era: tienes que ser fuerte, acá estoy yo y él te necesita pero que por más que callara su tristeza era indescriptible, la luz de sus ojos estaba adentro conectado a mil máquinas, con mil mangueras preguntando que tengo.

Sacamos fuerzas y decidimos regresar con la mejor actitud y energía a conocerle la cara a la Diabetes.

Fue ese día, un 2 de julio del 2013, que le dio un cambio por completo a nuestras vidas, es aquí donde esta historia que conocerán poco a poco comienza…

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