Amalia·Historias

El debut de Amalia

Amalia llegó a nuestras vidas hace siete años, el 29 de agosto de 2009. Puedo decir que ella fue el primer gran regalo que la vida nos dio a los Saldarriaga Londoño. Llegó en un momento difícil de nuestra vida, en ese momento iba a empezar mi doctorado, acababa de renunciar a mi trabajo para dedicarme durante 4 años a algo que me apasionaba, las ciencias médicas; y mi esposo estaba pasando por cambios laborales, situación que implicó cambios en nuestra rutina y en nuestro entorno social. Ella llegó contra todo pronóstico, estaba planificando, llegó porque tenía que llegar, llegó para algo!

Amalia siempre fue una niña llena de amor, fue la primera nieta en ambas familias, cariñosa, juguetona, feliz, le encantaba estar al aire libre, corriendo, saltando, amante de los perros, las vacas, los novillos, los caballos, una todera, una niña muy tierna. Saludable, muy saludable, creo que a ella le sirvió mucho la alimentación materna durante muchos meses, hasta que ella no quiso más, y el contacto temprano con la naturaleza que creo yo le proporcionó muchas defensas.

Solo me acuerdo que en junio de 2013 a Amalia le diagnosticaron micoplasma. Creo que esa fue la enfermedad más dura que le dio en sus primeros años de vida, siempre le he dado vueltas a ese evento de nuestra vida, porque creo que esa situación de estrés despertó algo en su interior, y lo notaríamos meses después…

El sábado 22 de febrero de 2014 estábamos almorzando en la casa de mis papás, conversábamos sobre el comportamiento de Amalia porque la sentíamos “rara”: ella se caracterizaba por ser una niña feliz, activa (le gustaba jugar, brincar, saltar, estudiar, estar al aire libre), juiciosa y cariñosa, pero los últimos meses era diferente, aunque apenas tenía 4 años se comportaba como una pre-adolescente. Además, a veces no tenía fuerzas para hacer actividades al aire libre, estaba recostada, cansada, sin motivación, y otras veces se ponía grosera, irascible, con exceso de emociones, era como un yoyo, como de extremos, tenía un comportamiento atípico.

Los abuelos y las personas cercanas nos decían, se tiraron en la niña, es muy malcriada, y nosotros como papás no entendíamos que pasaba, tal vez en ese momento lo atribuimos a la reciente llegada de Agustín, el hermanito que tenía 4 meses. A este comportamiento de Amalia la acompañaban algunas características atípicas: se orinaba por las noches, a veces hasta dos veces, cosa que en esa época a mi me irritaba mucho, sentía que era un retroceso, no lo entendía. La casa en ese momento vivía llena de hormigas. Además perdió peso, pensábamos que era por crecimiento, finalmente empezó a pedir agua, mucha agua.

Como parte de la conversación del almuerzo del sábado mi mamá nos dijo: ¡Yo creo que Amalia tiene diabetes! mi primera reacción fue responderle: ¿Cómo se te ocurre decirme eso? además, hoy que no tengo pediatra a quien llamar? Me enojé mucho, pero algo en mi cabeza encendió una alarma, desde ese momento supe que era una posibilidad pero guardaba las esperanzas y aparentaba cierta calma.

Por mi profesión, ingeniería biomédica, soy un poco cercana al área de la salud, había estudiado la diabetes en mi pregrado y creía saber mucho del tema. Yo sabía que algo “grave” estaba pasando, y empecé a prender alertas con la familia, con mi esposo y con mis amigas cercanas; la respuesta de ellos era: no te empelicules, ¡es imposible! pero yo ya validaba la afirmación de mi mamá y por dentro empecé a sentir un nudo oscuro, de temor, de cierta negación, de mucha angustia. Mi esposo, Pablo, y yo no hablamos más del tema, en el fondo creo que pensábamos que si lo “ignorábamos” no lo viviríamos.

Al lunes siguiente, a primera hora, llamé a la pediatra que nos abrió un espacio en su agenda, nos envió unos exámenes de sangre para que los realizáramos el martes a primera hora. El martes 25 de febrero fuimos juntos al laboratorio, la chuzada fue muy dura para Amalia y para nosotros como papás, salimos y tratamos de continuar nuestra vida de manera rutinaria: Amalia se fue para el colegio y nosotros para el trabajo. Para mí, la espera esa mañana fue eterna, me acuerdo de cada minuto de esa mañana como si hubiera sido ayer. Personalmente no tuve vida, que mañana tan larga. Los resultados de los exámenes nos los enviarían a mi correo.

A las 11:30 am llamaron a mi celular desde el laboratorio: “Señora, la niña tiene el azúcar muy por encima de lo normal, le aconsejamos que llame a su pediatra…”  se me cayó el mundo! Inmediatamente llamé a la pediatra y me dice: Carolina: ¡tu hija tiene diabetes! ve a tu casa y arma una maleta, se van inmediatamente para la clínica. Esas palabras de la pediatra cambiaron mi vida ¡para siempre! no dimensionaba lo que pasaba, me senté, me puse a llorar, me sentía sola en medio del mundo, fue una sensación muy extraña. Llamé a mi esposo y le conté la situación, Pablo era mudo, yo creo que él no dimensionaba lo que nos estaba pasando, no sabía nada de la diabetes.

Sacamos fuerzas para armar el plan a seguir: recoger a Amalia al colegio, y preparándonos para pasas unos días en la clínica, realmente creo que en ese momento no dimensionábamos lo que se nos venía encima, tal vez estábamos dilatando el enfrentar la situación. La pediatra me llamó a mi celular y me dijo: te vas a ir para una clínica, cualquiera, pero rápido y ojalá con cuidados intensivos!! 

¿Qué? ¿Cómo así? se nublaba cada vez más el panorama. Lloré mucho, no podía, fue como si me bajara de la rutina del mundo, quería congelar todo mi entorno.

Pablo recogió a Amalia en el colegio y nos encontramos en la clínica: Pablo y yo jugábamos a los payasos con nuestra pequeña, solo tenía 4 años. Le dijimos que nos íbamos de paseo para un hotel, y que ella era nuestra invitada, no se si esto era lo adecuado o no, pero creo que nos estábamos dando tiempo y fuerzas para procesar la noticia, que por cierto a ella le encantó.

Casi no nos dan entrada al “hotel”, el médico de urgencias nos decía, yo veo todo normal, pueden irse para la casa (yo guardaba esperanzas que así fuera) y la pediatra en el teléfono decía: no están bien, no se pueden ir, pásame al médico!!! era muy confuso, en ese momento no dimensionábamos qué nos estaba pasando.

Nos dejaron en urgencias toda la tarde, no tenían habitaciones…. ¡Qué impotencia y qué ignorancia!

Finalmente logramos ingresar a la clínica, allá estuvimos los tres una semana aprendiendo de nuestra nueva compañía, la diabetes, y todo lo que ella trae: las insulinas de acción rápida, las insulinas basales, las agujas, las glucometrías, el conteo de carbohidratos, me pasaba los días jugando al payaso con Amalia (queríamos que fuera lo menos doloroso y traumático para ella), las tardes y las noches leyendo y entrenándonos… fue tanta, pero tanta información que yo, que me considero una persona valiente, no me sentía con fuerzas ni con la capacidad de salir de la clínica, en mi interior rogaba para que no me dejaran salir, no quería irme para la casa con esta nueva responsabilidad tan grande.

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Fueron días difíciles, podría decir que han sido los días más duros que he vivido en mi vida, no era capaz de hablar con nadie, no quería saber de nada más ni de nadie, todo giraba en torno a ella y a lo que se nos venía encima, recuerdo que una de esas noches en la clínica, Pablo y yo nos abrazamos y nos prometimos luchar por Amalia, íbamos a enfrentarlo juntos, en familia. Ahora, que miro hacía atrás no me imaginaba la nueva vida a la que nos íbamos a enfrentar como personas y como familia, una vida que aunque es un aprendizaje constante, y a veces es agotadora y un poco desesperante nos ha traído aprendizajes y experiencias, la miro y me siento orgullosa de ella y de lo logrado en estos tres años viviendo con la diabetes. ¡Valoro su vida y cada mañana es un día nuevo juntos!

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